Querida niña

3.

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Docenas de almas pasan

a través

De los gritos de tu madre,

la confusión de ellas se inspira

en la frustración de su ser.

Su voz resurge

entre las sombras del silencio

como animal herido y enojado,

desgarradora de sonrisas

se vuelve

experta en matar la niñez.

Repite la sinfonía del horror,

De aquel horror que repite

la eterna melodía,

tornando triste tu vida,

querida niña,

sin parar hasta la adultez.

Volver a escribir…

Volver a escribir es difícil. Juntar palabras para expresar emociones reprimidas y olvidadas en el lugar más oscuro de tu corazón es agotador. No sabes qué decir, y mucho menos cómo. Encauzar lo que sientes a través de palabras es como comer una fruta sin saber si es venenosa, es afrontar la vida sin armas, es gritarte a ti mismo tus errores, es permitirte reinar… A veces, dejar ser es tan difícil que prefieres atar tu vida a la monotonía, a la simpleza de las cosas inútiles que te hacen olvidar que al final tu destino es abrirte paso, abrir tu alma y permitirte ser sin restricciones, sin condiciones, sin temor…

El por qué.

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Empezar, de comenzar, de tener plena conciencia de haber tomado un lápiz y escribir, no creo que lo recuerde. De hecho, no creo siquiera que eso exista. No hay un por qué, al menos no en el sentido de la lógica.

Escribir es una necesidad, un instinto que nace contigo y que te empuja a ser creador, a crearte a tí mismo a través de palabras malogradas y textos empobrecidos y rústicos. Un impulso salvaje de aniquilar la nimiedad como concepto inútil y volver lo simple algo mágico.

No se es razonable al escribir, no se escribe por decisión propia, sino por un llamado. Es el alma que se ahoga, que trata de salvarse y te lanza un grito desgarrador a través del lápiz, un grito que te obliga a ser creador de nuevas leyes, de nuevas vidas.

Es por esto y quizás no por eso, que escribo.